


20 minutos en el futuro. Así comenzaba cada
capítulo.
Era a mediados de los ochenta, y con una simple frase nos introducían en nuestro futuro, concretamente, a unos veinte minutos.
El protagonista de la historia era un periodista que capítulo a capítulo investigaba un tema de actualidad (de la del futuro, recuerda) que por una causa u otra siempre era conflictivo.
El protagonista también era una cabeza, una cabeza en un ordenador, una ca,ca,ca...beza que tartamudeaba. Y eran la misma persona, aunque eran diferentes.
El hecho en sí, se explicaba en el primer capítulo, cuando, al sufrir el protagonista un accidente, usaban sus pautas cerebrales para crear a Max Headroom. ¿Y por qué lo creaban?. Porque un genio de los ordenadores, con acné para más señas, le daba por ahí (bueno, se supone que había cadenas televisivas presionándole para que lo hiciera, pero la verdad eso nunca fue muy creíble).
Y la verdad, nunca se supo muy bien porque, ya que Max siempre fue un personaje con una personalidad errática. Ayudaba a los buenos, faltaría más, pero siempre andaba metido en algún tipo de extravagancia. En definitiva era como la serie: entretenida, sorprendente y bastante extraña.
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Esa era la serie, Max y las cadenas televisivas. Esas que dominan el futuro (¿acaso no dominan también el presente?). Tanta audiencia tienes, tanto vales. Y en ese mundo se movían todos sus protagonistas. Todo valía con tal de ganar audiencia e incluso parecían dispuesto a matar para ello. La cadena rival, la que más, aunque la cadena amiga tampoco se andaba con remilgos.
Nunca lo dejaban muy claro, pero los directivos y el propio presidente parecían los típicos capullos que eran capaz de vender a su madre por cuatro cochinos espectadores.
En esta serie no había los típicos "buenos". O todos se vendían o todos conspiraban. Y era triste, porque no era más que un reflejo de lo que pasa en todo el mundo. Y era confuso, porque si en el futuro predominaba eso, es que nada habíamos aprendido.
Max Headroom nunca ha sido una serie más. Estaba muy por delante de su época, y lo que es más sorprendente, esta muy por delante de la nuestra. Los temas de los capítulos eran de radiante actualidad, los vieras el año que los vieras:
la manipulación de los medios, la publicidad subliminal, el engaño de las religiones, el ansia por los ordenadores, los inadaptados... Era una serie para reflexionar, y eso que los efectos no estaban nada mal. Siempre que terminaba un capítulo y veías la fecha de producción (1985) te quedabas con la misma expresión en la cara: ¿será posible?. Acto seguido, la pesadumbre se apoderaba de ti ante tal visión del futuro.