XENA

Juan Manuel de Prada

(Blanco y Negro, 12 Septiembre 1999)

En la era de los antiguos dioses, de los señores de la guerra y de los reyes,
una tierra convulsionada clamaba por un héroe.

Ella era Xena, una temible princesa forjada en el calor de la batalla.
Poderosa, pasional, peligrosa, su valentía cambió el mundo
.


Con estas palabras retumbantes y un poco campanudas, arrancan los capítulos de Xena, la princesa guerrera, mi serie televisiva predilecta.

Comprendo que hacer estas declaraciones intempestivas puede conturbar a las tres o cuatro lectoras que aún me mantienen su lealtad, pero es que mi devoción por la amazona interpretada por la actriz Lucy Lawless alcanza cotas de idolatría o fetichismo.

Todos los episodios
en

Xena, la princesa guerrera es una serie creada por Renaissance Pictures, la compañía que regenta un cineasta prodigio y poco explorado por el gran público, Sam Raimi. Amigo íntimo de los hermanos Cohen, Raimi se inició en el cine dirigiendo Evil Dead, una película gore sufragada con cuatro duros, a los que él mismo incorporaría dos secuelas, a cada cual más desquiciada y desternillante.

Raimi siempre se ha movido en los territorios confusos del cine más independiente y barato, y ha firmado obras maestras de la serie B como Darkman, en la que Liam Neeson interpretaba a un superhéroe tenebroso y marginal, híbrido de Batman, El Fantasma de la Ópera y El Hombre Invisible. Después de probar a trabajar mercenariamente para Sharon Stone en la fallida Rápida y mortal, un western manierista y posmoderno, volvió al redil del cine artesanal con A Simple Plan, su última película estrenada hasta la fecha, quizá algo derivativa del Fargo de los Cohen.

Xena en


Gabrielle en

Además Raimi auspició una serie de televisión que intentó resucitar la moda algo mustia de la fantasía heroica, donde un forzudo Kevin Sorbo se dedicaba a ejecutar los trabajos que la mitología clásica le adjudica a Hércules, y luego, aprovechando la carrerilla, doscientos o trescientos más. En uno de los episodios de Hércules aparecía como personaje subsidiario Xena, una amazona resentida contra el género masculino, al que parecía empeñada en exterminar con sus desnudas manos y su manejo malabarista de la espada y de una especie de boomerang mágico que empleaba para desencajar las qujadas de sus adversarios.

Xena vestía un mínimo juboncito de cordobán con protecciones de bronce en los promontorios pectorales y una faldita de flecos que apenas le cubría los muslos de pastora a la que podría haber cantado el Marqués de Santillana. La aparición de este personaje, al que Hércules finalmente lograba dominar y convertir a la causa difusa e infinita del Bien, nos dejó turulatos y medio bizcos a los espectadores de la serie, que empezamos a dar volteretas en el sofá, para seguir desde una perspectiva privilegiada las cabriolas a cámara lenta de nuestra nueva heroína en la pequeña pantalla.

A Sam Raimi le alcanzó el rumor del sobresalto y de la fascinación desatados por esta princesa amazona y decidió convertirla en el objeto de culto entre los aficionados al pulp.


Los primeros episodios de Xena transcurrían en aquella época remotísima en que los dioses del Olimpo bajaban para dispersar a su sumiente entre los mortales. Luego, cuando los avatares de la mitología clásica empezaron a agotarse, los guionistas de la serie no mostraron empacho en transladar a Xena a los bosques de las leyendas celtas, a las cortes del Rey Arturo o Cleopatra, al Japón milenario y feroz de los samurais.

Este zurriburri de anacronismos e irreverncias históricas no agradó a los más puristas, que decretaron el fallecimiento prematuro de la serie. Sólo unos pocos incondicionales seguimos buscando entre la porfusa programación televisiva las aventuras de esta amazona que ha renegado del amor del hombre y entrega sus desvelos y sus discretas carantoñas a Gabrielle, su escudera o aprendiza, una rubia y pizpireta doncella - o casi- que no muestra remilgos a la hora de aceptar su amor.

Así se logra la habilidad de deslizar una apología subterranea del lesbianismo, combinándola con argumentos trepidantes de acción y exotismo, un poco al estilo de aquelos vetustos seriales de los años 40 y 50. Xena, en cuyos ojos arde el cóncavo mar, aniquila a los villanos de turno a mamporro limpio, los vapulea como en una sesión de sadomaso (el símil lo corrobora su escabroso vestidito) y luego reanuda su peregrinaje sin rumbo con Gabrielle, en busca de una gruta que cobije por una noche sus arrumacos. Pero, por desgracia, los títulos de crédito siempre nos cercenan el idilio, tan incalculablemente hermoso.

1995 - 2001
(6 temporadas)